De mi Imaginación, Puño & Letra.

EL VIGIA. #Cuento

lunes_1Sostenía con mi cuello la bocina en espera de una respuesta al otro lado de la línea. Mis dedos golpeaban con rítmica ansiedad el escritorio. Busqué un bolígrafo y un trozo de papel para garabatear, pero en un impulso, terminé dibujando un ojo en la yema del dedo índice. Un pequeño óvalo y un círculo relleno al interior. No fue la figura lo que me causó sorpresa, sino los recuerdos que liberó, como una hebra de tinta que al derramarse en mi memoria iba dejando rezagos de una experiencia que, pensé, había olvidado.

Todo se remonta a la época de la escuela primaria. Fue en el tercer año cuando llegó. ¿Ekaterina, Katrina? No recuerdo como se llamaba. Al resto de la clase le resultó extraño, no sólo el nombre, también ella. A mí, en cambio, me asombró: pequeña, delgada, rostro de blanca piel con una expresión de seriedad y tristeza enmarcada por su oscuro cabello. Al conocerla y escuchar su nombre quise preguntarle si había nacido en aquel lugar donde es muy famosa la danza del ballet.

Nunca me atreví a pedirle que fuera mi amiga, a pesar de que estábamos cerca: en el pupitre junto al mío, observando nuestros juegos durante el recreo, enfrente de mí en la fila del homenaje. En cambio, me acostumbré a espiar cada uno de sus ligeros y escasos pasos, como si deseara pasar inadvertida para el resto de la clase, pero yo no ignoraba su presencia silente, quieta, con la vista al frente, a veces me descubría mirándola; entonces ambas desviábamos la mirada, como si una vergüenza inexplicable nos obligara a mantener la distancia.

Pero un día, ella no prestaba atención a la clase y a la profesora no le importó verla agachada sobre el pupitre; sus brazos alrededor formaban una frontera infranqueable. Al acercarme, la vi remarcando la figura diminuta en su mano. “Es el ojo que todo lo ve, todo lo sabe, siempre me vigila”, fue su respuesta al preguntarle por qué lo hacía. Volví a mi lugar sin comprender sus palabras. Solo era una niña de nueve años. Hoy, tres décadas después no entiendo su significado.

Los lunes, mientras los profesores exigían silencio a los niños que, en alineadas filas, escuchaban el discurso del director, yo miraba embelesada a la personita de enfrente. Su cabello lacio rozaba sus hombros, parecía una cortina negra que bailaba al compás del viento, reprimí el deseo de tocarlo, me conformé con ensortijar los dedos en el mío, que también era oscuro y corto.

La primera vez que ocurrió, empezó a sonar por las bocinas una melodía que reconocí desde sus acordes iniciales: La Coda de Odile, del Lago de los Cisnes, una de las obras predilectas de mi padre; la repetía una y otra vez. Sin embargo, no presté atención a la música ya que, en ese momento, la niña extraña se desvaneció sin que nadie pudiera evitar que su pequeño cuerpo chocara contra el suelo. La profesora se abrió paso empujando a los niños, que gritaban asustados, y levantó su rostro. Recuerdo sus ojos entreabiertos, su piel más pálida de lo habitual. La bandera ya marchaba a mitad del patio, cuando entre dos personas la llevaron al interior del salón.

La madre de la niña llegó horas después, sin mucho interés atribuyó el desmayo a que el día anterior habían ido de paseo a las afueras de la ciudad. La profesora no comentó nada más y dejó ir a la niña, quien después de reaccionar permaneció con un semblante de miedo ante los ojos infantiles que no cesaban de escudriñarla. Mientras se encaminaba a la salida, de mano de su madre, dirigió una mirada al salón que ya se reincorporaba a sus actividades habituales, solo yo la miré partir. El siguiente lunes, ella regresó a clases.

Los desmayos siguieron ocurriendo. Algunas veces yo amortiguaba su caída, en otras solo se escuchaba su cuerpo al caer, luego los gritos de la maestra y las voces de los niños murmurando, decían que estaba enferma, que le quedaban pocos meses de vida y que sus padres la llevarían a conocer la playa antes de que eso sucediera. Yo no entendía como podían afirmarlo, si nadie le hablaba. Luego de que la atención se centraba en ella por los desmayos, volvía a ser invisible para los demás.

Después empezó con el hábito de tirar su comida. La reprendieron por supuesto, pero ella nunca obedeció las órdenes que le daban. Con su modo de actuar sigiloso, sacaba algo de su mochila y con el pretexto de desechar papeles, arrojaba el almuerzo al bote de basura. A veces la profesora la descubría, le gritaba y entre lágrimas la niña volvía a su pupitre, sin hacer nada más que dibujar el ojo minúsculo en su dedo.

Cerca del fin de cursos sucedió algo, como si todo lo concerniente a esa niña no hubiera sido suficiente.

Estábamos en el patio en un ensayo para el evento de clausura, tuve que ir al baño y al entrar la vi en el suelo, abrazaba sus piernas y lloraba inconsolable. Le pregunté qué le ocurría, con una voz apenas audible respondió que no saldría a bailar porque únicamente lo hacía con su padre. “Cuando estamos a solas me pide que baile para él, me sonríe, se acerca, acaricia mi espalda y lentamente me quita la…” Sus palabras fueron interrumpidas por la profesora, que en ese momento entró muy molesta. No vio que yo también estaba ahí, fue directo con ella, la levantó del suelo y la sacó a rastras al patio, mientras la llevaban, alcanzó a mirarme y se llevó el dedo índice a la altura de los labios; yo comprendí la orden del ojo, nunca le comenté a nadie las palabras que me dijo. Al siguiente ciclo escolar ya no regresó.

Años después, tendría quince o dieciséis años. Mi padre volvió a casa de un extenso viaje y mi madre se dispuso a preparar una cena digna de bienvenida. Estábamos en el supermercado, mientras buscaba algo en unos anaqueles, me sentí observada. ¿Katherina? No, ese tampoco era su nombre. Cruzamos miradas y de inmediato supe quién era. Sus ojos tristes enmarcados en un rostro perfilado se acercaban a mí, ella también reconoció, estaba tan cerca que vi sus labios abrirse para dirigirme las palabras. En ese instante mi madre apareció y me riñó por hacerla perder el tiempo, me alejé y al volver el rostro, esos ojos seguían ahí, no se desprendieron de mí hasta que me perdí en los pasillos de ese lugar. Salí llevando a cuestas el recuerdo de su afligida expresión, aunque la olvidé con el pasar de los días.

Transcurrió el tiempo, un día me enfermé y tuve que ser hospitalizada de emergencia. Fue una cirugía sencilla y no permanecí mucho tiempo en cama. Estaba aburrida y sola, por lo que salí a caminar por los pasillos del hospital. “Es la niña que se desmayaba en la escuela; está en una habitación de este piso”. En ese momento, para mi madre era más importante leer su revista que escucharme. “Por suerte, la encontraron antes de que la sangre fluyera a través de sus muñecas” Ni ahondando en el detalle de cómo intentó suicidarse logré que mi madre me pusiera atención. Sin embargo, pensé que sería buena idea visitar a mi antigua compañera de clase, pero al llegar a la puerta no tuve el valor de entrar y seguí de largo.

Todos estos recuerdos se agolparon en mi memoria, y se dispersaron cuando la voz al otro lado de la línea respondió.

—¡Diga, bueno, bueno!

Colgué el teléfono sin decir nada. Necesitaba quitarme la desazón de aquellas imágenes. Me dirigí al baño, mojé mi rostro, y levanté la vista al espejo. Los ojos y las arrugas que ya surcan mi blanca piel, el cabello oscuro y lacio que cae firme alrededor de mi cara.

“¿Por qué no puedo recordar su nombre?”

“¿Por qué me obsesiona recordar su nombre?”

Tomé jabón y lo esparcí entre las palmas de mis manos, la espuma perfumada crecía, el aroma a críticos invadió mi nariz y mis recuerdos, “Así olía la habitación de mis padres”. Froté mis dedos para quitar las manchas de tinta, coloqué mis manos bajo el chorro de agua. Al ver los restos de jabón deslizarse por el lavabo, la revelación llegó.

¿Cómo pude olvidarlo? Si nuestros nombres eran casi iguales. Yo soy Mónica y ella era Monike; siempre pensé que se escuchaba mejor la pronunciación de su nombre que el mío. Volví a contemplarme en el espejo, éramos tan parecidas, y no solo en el aspecto físico.

Yo también me desmayé en la escuela, ¡Pero solo fue una ocasión! También solía bailar para mi padre; pero él no era capaz de hacerme algo malo. No, nunca lo hizo. Lo acompañaba a su habitación donde ponía La Coda de Odile, la melodía empezaba, yo giraba, “Eres mi pequeño cisne”. Luego se acercaba, sus manos recorrían mi espalda, sonreía, él veía todo, él lo sabía todo… tal como dijo ella.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo, el agua fría seguía cayendo sobre mis manos. El diminuto ojo permanecía en mi dedo índice. Al mirar la cicatriz en el anverso de mi muñeca, recordé las palabras de mi madre después de encontrarme en el suelo del baño.

—Diremos que te enfermaste. Nadie debe enterarse de lo que pasó.

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